Me sanaron los oídos.
Oraba al atenderlo.
Y aunque era un bien escaso,
que —como en clepsidra— se vacía,
en un desgarro airoso
estaba dispuesto
a ofrecerle mi tiempo,
o, más bien, quizá…
a arrancármelo.
Hurga el panóptico hasta el tuétano. Somos carroña del buitre que todo lo ve. Envidio el aire que atraviesa los cuerpos hasta ...