Me sanaron los oídos.
Oraba al atenderlo.
Y aunque era un bien escaso,
que —como en clepsidra— se vacía,
en un desgarro airoso
estaba dispuesto
a ofrecerle mi tiempo,
o, más bien, quizá…
a arrancármelo.
Bancos, cercenan el encuentro. Alféizares, muerden el pellejo. El exilio acuchilla. Somos faquires tras el atrezzo. Quieren borr...