Me sanaron los oídos.
Oraba al atenderlo.
Y aunque era un bien escaso,
que —como en clepsidra— se vacía,
en un desgarro airoso
estaba dispuesto
a ofrecerle mi tiempo,
o, más bien, quizá…
a arrancármelo.
La realidad deseada deviene tras el reverso de lo imposible. Solo había que verlo.