La oración de Weil

Me sanaron los oídos.

Oraba al atenderlo.

Y aunque era un bien escaso,

que —como en clepsidra— se vacía,

en un desgarro airoso

estaba dispuesto

a ofrecerle mi tiempo,

o, más bien, quizá…

a arrancármelo.

La llaga

Nadie sabe cuánto escuece la herida que la piel no exhibe. Cuánto calla el grito del silencio por compasión.