sábado, 20 de diciembre de 2025

Kairós

Déjenme escuchar al cuerpo
y acoger los dictados del alma.
Déjen que la oscuridad cierre
la persiana de mis párpados…
abiertos a la luz del alba.
Déjenme retozar
en la naturaleza que me hizo,
hallarle un sentido al poema.

Me urge vivir sin prisa.
Yo soy un insurrecto del tiempo:
lo gano al perderlo.
Déjenme sin horario,
sin agenda,
lejos de la tiranía de Cronos.

Para ustedes,
los inquisidores del rendimiento:
no hay mayor revolución
que la pereza improductiva,
en su quietud fecunda.
Ella sabe
a la raíz perdida,
a la savia que recuerda
el nombre verdadero de las cosas.

No me midan en cifras,
no me exijan frutos fuera de temporada.
El árbol que soy
crece hacia dentro
antes de ofrecer su sombra.

Mientras ustedes cuentan mis horas,
yo aprendo a habitarlas.
Mientras compiten,
respiro.

Déjenme ser lento
como la herida que sana,
como el musgo que conquista la piedra.

No busco llegar primero,
sino pleno.
Porque vivir —aunque les incomode—
no siempre produce,
pero siempre transforma.

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