Su voz se deshilacha.
El eco ovilla naderías
que a cada vuelta palidecen.
La convicción dicta
una melodía del alma
que, como aguja,
atraviesa la urdidumbre
de las interferencias.
Y me ciño al hilo de lo digno.
¿Quién es nadie, salvo lo amado?
— Bordando el tapiz —
nadie es quien dijo nada.
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