En las ciudades se alzaban templos abarrotados de oro y plata, que no eran necesarios a Dios, mientras en los atrios tiritaban los mendigos, esperando en vano que alguien depositara una monedita de cobre en su mano. Aquello lo había visto también antes: opulentas iglesias, casullas sacerdotales bordadas en oro, los tugurios de la gente pobre y sus ignominiosos harapos; pero entonces le había parecido natural, mientras que ahora lo consideraba como inadmisible e insultante para los pobres, para quienes la iglesia, bien lo sabía ella, estaba más cerca y era más necesaria que para los ricos.
Por los cuadros que representaban a Cristo y por los relatos acerca de él, ella sabía que era amigo de los pobres, que se vestía con sencillez y, sin embargo, en las iglesias adonde acudían los menesterosos en busca de consuelo, le veía aprisionado entre el insolente oro y sedas que susurraban con desdeñoso frufrú a la vista de la miseria, e involuntariamente, las palabras de Ribin le venían a la memoria:
¡Nos han engañado hasta con Dios!
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