Desde entonces, en una alegre decencia, brota una carcajada por cada lágrima que me guardo.
Sé que después de todo lo que he visto,
no tengo derecho a quejarme.
Esa felicidad se la debo.
Nadie sabe cuánto escuece la herida que la piel no exhibe. Cuánto calla el grito del silencio por compasión.