Desde entonces, en una alegre decencia, brota una carcajada por cada lágrima que me guardo.
Sé que después de todo lo que he visto,
no tengo derecho a quejarme.
Esa felicidad se la debo.
Sístole, diástole. Sístole, diástole. ... La vida es la letanía de un zumbido, hasta que la alarma cesa. Cuánto empeño en la supuesta lógica...