Desde entonces, en una alegre decencia, brota una carcajada por cada lágrima que me guardo.
Sé que después de todo lo que he visto,
no tengo derecho a quejarme.
Esa felicidad se la debo.
Bancos, cercenan el encuentro. Alféizares, muerden el pellejo. El exilio acuchilla. Somos faquires tras el atrezzo. Quieren borr...